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LITERARIA

EL CUERVO

Edgar Allan Poe

(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)
el cuervo

Una vez, al

filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, oyóse de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto. “Es —dije musitando— un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.” ¡Ah! aquel lúcido recuerdo de un gélido diciembre; espectros de brasas moribundas reflejadas en el suelo; angustia del deseo del nuevo día; en vano encareciendo a mis libros dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única, virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada. Aquí ya sin nombre, para siempre.
Y el crujir triste, vago, escalofriante de la seda de las cortinas rojas llenábame de fantásticos terrores jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie, acallando el latido de mi corazón, vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto queriendo entrar. Algún visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”
Ahora, mi ánimo cobraba bríos, y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón imploro, mas el caso es que, adormilado cuando vinisteis a tocar quedamente, tan quedo vinisteis a llamar, a llamar a la puerta de mi cuarto, que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta: Oscuridad, y nada más. Escrutando hondo en aquella negrura permanecí largo rato, atónito, temeroso, dudando, soñando sueños que ningún mortal se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba, y la única palabra ahí proferida era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?” Lo pronuncié en un susurro, y el eco lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más. Vuelto a mi cuarto, mi alma toda, toda mi alma abrasándose dentro de mí, no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí, y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio, y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!
De un golpe abrí la puerta, y con suave batir de alas, entró un majestuoso cuervo de los santos días idos. Sin asomos de reverencia, ni un instante quedo; y con aires de gran señor o de gran dama fue a posarse en el busto de Palas, sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.
Entonces, este pájaro de ébano cambió mis tristes fantasías en una sonrisa con el grave y severo decoro del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—, no serás un cobarde, hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!” Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”
Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado pudiera hablar tan claramente; aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos sino concordar en que ningún ser humano ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro posado sobre el dintel de su puerta, pájaro o bestia, posado en el busto esculpido de Palas en el dintel de su puerta con semejante nombre: “Nunca más.”
Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto. las palabras pronunció, como virtiendo su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces; no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando: “Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”
Sobrecogido al romper el silencio tan idóneas palabras, “sin duda —pensé—, sin duda lo que dice es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido de un amo infortunado a quien desastre impío persiguió, acosó sin dar tregua hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido, hasta que las endechas de su esperanza llevaron sólo esa carga melancólica de ‘Nunca, nunca más’.”
Mas el Cuervo arrancó todavía de mis tristes fantasías una sonrisa; acerqué un mullido asiento frente al pájaro, el busto y la puerta; y entonces, hundiéndome en el terciopelo, empecé a enlazar una fantasía con otra, pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño, lo que este torvo, desgarbado, hórrido, flaco y ominoso pájaro de antaño quería decir granzando: “Nunca más.” [.......]

EL CORAZÓN DELATOR

El corazón delator (título original en inglés: The Tell-Tale Heart), también conocido como "El corazón revelador", es un cuento del escritor estadounidense Edgar Allan Poe, publicado por primera vez en el periódico literario The Pioneer en enero de 1843. Poe lo republicó más tarde en su periódico The Broadway Journal en su edición del 23 de agosto de 1845.

La historia presenta a un narrador anónimo obsesionado con el ojo enfermo (que llama "ojo de buitre") de un anciano con el cual convive.Finalmente decide asesinarlo. El crimen es estudiado cuidadosamente y, tras ser perpetrado, el cadáver es despedazado y escondido bajo las tablas del suelo de la casa. La policía acude a la misma y el asesino acaba delatándose a sí mismo, imaginando alucinadamente que el corazón del viejo se ha puesto a latir bajo la tarima.

No se sabe cuál es la relación entre víctima y asesino. Se ha sugerido que el anciano representa en el cuento a la figura paterna, y que su "ojo de buitre" puede sugerir algún secreto inconfesable. La ambigüedad y la falta de detalles acerca de los dos personajes
principales están en agudo contraste con el detallismo con que se recrea el crimen.

El relato fue publicado por vez primera en la publicación del amigo de Poe, James  Russell Lowell, The Pioneer, en enero de 1843. "El corazón delator" es considerado generalmente un clásico de la literatura gótica, y una de las obras más importantes de su autor. Ha sido adaptado oservido de inspiración en numerosas ocasiones, y en distintos medios.El cuento está escrito en primera persona narrativa.

El narrador insiste desde el primer momento en que es una persona  normal, aunque sus sentidos son muy agudos ("over-acuteness of the  senses"). El anciano con el que convive tiene un ojo velado por una  película pálida y azulada, como los ojos de los buitres. Esto causa la  ansiedad en el narrador, hasta el punto de que un día decide matarlo. Insiste en el cuidado que pone y la precisión de sus actos, por ejemplo al observar al anciano dormir por una rendija de la puerta. Un día que descubre el ojo abierto, se decide y lo asfixia con su propia almohada. Luego despedaza el cadáver y lo esconde bajo la tarima del suelo; finalmente borra todas las huellas. La policía acudirá a requerimiento de los vecinos que han escuchado ruidos. El asesino los invita,
confiado, les enseña la casa y los conduce al cuarto bajo el cual yace el cadáver desmembrado. Pronto le parece escuchar un ruido que va creciendo. Al pensar horrorizado que es el corazón del viejo que lo está delatando, se derrumba y confiesa, pidiendo a voces a los policías que levanten las tablas del suelo.

EL GATO NEGRO

El gato negro
[Cuento. Texto completo]

Edgar Allan Poe

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me  dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan  su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño.  Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro  y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el  jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!



ALEJANDRO DUMAS PADRE






Alejandro
Dumas Padre (pues también hubo un A. Dumas hijo) Es, sin duda, uno de
los más exitosos y prolíficos escritores de todos los tiempos. Escribió
más de 300 obras de distintos géneros y entre estos trabajos, se
encuentran títulos tan conocidos como “Los tres mosqueteros” o “El Conde de Montecristo” siendo el escritor Francés que ha sido traducido a más idiomas.


Pero
en la vida de Alejandro Dumas hay algunas cosas que no están del todo
claras y por supuesto, no me estoy refiriendo al color de su piel, ya
que Dumas era mulato (Su padre era un militar Francés y la madre una
esclava negra de la isla de Santo Domingo). A lo que me refiero es que
si Dumas vivió 68 años (1802-1870) y escribió unas 300 obras, una rápida
cuenta, nos arroja una media de que escribió más de cuatro libros al
año y eso contando con que viniera al mundo con una pluma de la mano. Si
además pensamos que son obras de una densidad de páginas considerable,
tal hazaña parece realmente difícil.


Aunque
el asunto tiene una sencilla explicación. Alejandro Dumas hizo uso de
“negros” para escribir sus obras. Lo más curioso, es que el asunto no
era secreto ni desconocido en la sociedad de la época y tanto es así que
a Dumas se le conocía en ciertos círculos como “El negro de los
negros”.

Una mención aparte, casi una historia aparte, merece el libro de los “Tres Mosqueteros” su obra más universal. Al parecer, Dumas la basó, rozando el plagio, en un libro de 1700 titulado “Memorias de señor D’Artagnan, teniente capitán de la primera compañía de los Mosqueteros del Rey” escrito por un tal Gatien de Courtilz . Dumas encontró este libro por casualidad en la biblioteca de Marsella, de donde lo sacó en préstamo(A día de hoy, esa ficha sigue pendiente en la biblioteca ya que nunca lo devolvió).

Naturalmente, para escribir “Los tres mosqueteros”, también hizo uso de un “negro”. Se llamaba Auguste Maquet
, un historiador que se encargó de recopilar toda la documentación y
participó en el primer borrador. Esta vez, su “colaborador” le salió
contestón y llevó a Dumas a juicio, quien lo perdió. Fue condenado a
pagar 145.000 francos en diez años. Aunque era una cantidad importante
de dinero lo pagó sin problemas. Sus libros se vendían bien, pero
además, con los “Tres Mosqueteros” tuvo la idea de editarlo por
entregas, conformando una trilogía de un solo libro. Esta “maniobra comercial” (posteriormente imitada hasta la saciedad) le proporcionó pingues beneficios.

EL CONDE DE MONTECRISTO

Capítulo
primero

Marsella. La llegada



El 24 de febrero de 1815, el vigía de
Nuestra Señora de la Guarda dio la señal de que se hallaba
a la vista el bergantín El Faraón procedente de
Esmirna, Trieste y Nápoles. Como suele hacerse en tales
casos, salió inmediatamente en su busca un práctico, que
pasó por delante del castillo de If y subió a bordo del
buque entre la isla de Rión y el cabo Mongión. En un
instante, y también como de costumbre, se llenó de
curiosos la plataforma del castillo de San Juan, porque en
Marsella se daba gran importancia a la llegada de un buque y
sobre todo si le sucedía lo que al Faraón, cuyo
casco había salido de los astilleros de la antigua Focia y
pertenecía a un naviero de la ciudad.


Mientras tanto, el buque seguía
avanzando; habiendo pasado felizmente el estrecho producido
por alguna erupción volcánica entre las islas de
Calasapeigne y de Jaros, dobló la punta de Pomegue
hendiendo las olas bajo sus tres gavias, su gran foque y la
mesana. Lo hacía con tanta lentitud y tan penosos
movimientos, que los curiosos, que por instinto presienten
la desgracia, preguntábanse unos a otros qué accidente
podía haber sobrevenido al buque. Los más peritos en
navegación reconocieron al punto que, de haber sucedido
alguna desgracia, no debía de haber sido al buque, puesto
que, aun cuando con mucha lentitud, seguía éste avanzando
con todas las condiciones de los buques bien gobernados.


En su puesto estaba preparada el ancla,
sueltos los cabos del bauprés, y al lado del piloto, que se
disponía a hacer que El Faraón enfilase la estrecha boca
del puerto de Marsella, hallábase un joven de fisonomía
inteligente que, con mirada muy viva, observaba cada uno de
los movimientos del buque y repetía las órdenes del
piloto.


Entre los espectadores que se hallaban
reunidos en la explanada de San Juan, había uno que
parecía más inquieto que los demás y que, no pudiendo
contenerse y esperar a que el buque fondeara, saltó a un
bote y ordenó que le llevasen al Faraón, al que
alcanzó frente al muelle de la Reserva.


Viendo acercarse al bote y al que lo
ocupaba, el marino abandonó su puesto al lado del piloto y
se apoyó, sombrero en mano, en el filarete del buque. Era
un joven de unos dieciocho a veinte años, de elevada
estatura, cuerpo bien proporcionado, hermoso cabello y ojos
negros, observándose en toda su persona ese aire de calma y
de resolución peculiares a los hombres avezados a luchar
con los peligros desde su infancia.


-¡Ah! ¡Sois vos Edmundo! ¿Qué es lo
que ha sucedido? -preguntó el del bote- ¿Qué significan
esas caras tan tristes que tienen todos los de la
tripulación?


-Una gran desgracia, para mí al menos,
señor Morrel -respondió Edmundo-. Al llegar a la altura de
Civita-Vecchia, falleció el valiente capitán Leclerc...


-¿Y el cargamento? -preguntó con ansia
el naviero.


-Intacto, sin novedad. El capitán
Leclerc...


-¿Qué le ha sucedido? -preguntó
el naviero, ya más tranquilo-.
¿Qué le ocurrió a ese valiente capitán?


-Murió.


-¿Cayó al mar?


-No, señor; murió de una calentura
cerebral, en medio de horribles padecimientos.


Volviéndose luego hacia la tripulación:


-¡Hola! -dijo-
Cada uno a su puesto, vamos a anclar.


La tripulación obedeció, lanzándose
inmediatamente los ocho o diez marineros que la componían
unos a las escotas, otros a las drizas y otros a cargar
velas.


Edmundo observó con una mirada
indiferente el principio de la maniobra, y viendo a punto de
ejecutarse sus órdenes, volvióse hacia su interlocutor.


-Pero ¿cómo sucedió esa desgracia?
-continuó el naviero.


-¡Oh, Dios mío!, de un modo inesperado.
Después de una larga plática con el comandante del puerto,
el capitán Leclerc salió de Nápoles bastante agitado, y
no habían transcurrido veinticuatro horas cuando le
acometió la fiebre... y a los tres días había fallecido.
Le hicimos los funerales de ordenanza, y reposa
decorosamente envuelto en una hamaca, con una bala del
treinta y seis a los pies y otra a la cabeza, a la altura de
la isla de Giglio. La cruz de la Legión de Honor y la
espada las conservamos y las traemos a su viuda.


-Es muy triste, ciertamente -prosiguió
el joven con melancólica sonrisa-
haber hecho la guerra a los ingleses por espacio de diez
años, y morir después en su cama como otro cualquiera.


-¿Y qué vamos a hacerle, señor
Edmundo? -replicó
el naviero, cada vez más tranquilo-;
somos mortales, y es necesario que los viejos cedan su
puesto a los jóvenes; a no ser así no habría ascensos, y
puesto que me aseguráis que el cargamento...


-Se halla en buen estado, señor Morrel.
Os aconsejo, pues, que no lo cedáis ni aun con veinticinco
mil francos de ganancia.


Acto seguido, y viendo que habían pasado
ya la torre Redonda, gritó Edmundo:


-Largad las velas de las escotas, el
foque y las de mesana.


La orden se ejecutó casi con la misma
exactitud que en un buque de guerra.


-Amainad y cargad por todas partes.


A esta última orden se plegaron todas
las velas, y el barco avanzó de un modo casi imperceptible.


-Si queréis subir ahora, señor Morrel -dijo
Dantés dándose cuenta de la impaciencia del armador-,
aquí viene vuestro encargado, el señor Danglars, que sale
de su camarote, y que os informará de todos los detalles
que deseéis. Por lo que a mí respecta, he de vigilar las
maniobras hasta que quede El Faraón anclado y de luto.


No dejó el naviero que le repitieran la
invitación, y asiéndose a un cable que le arrojó Dantés,
subió por la escala del costado del buque con una ligereza
que honrara a un marinero, mientras que Dantés, volviendo a
su puesto, cedió el que ocupaba últimamente a aquel que
había anunciado con el nombre de Danglars, y que saliendo
de su camarote se dirigía adonde estaba el naviero.


El recién llegado era un hombre de
veinticinco a veintiséis años, de semblante algo sombrío,
humilde con los superiores, insolente con los inferiores; de
modo que con esto y con su calidad de sobrecargo, siempre
tan mal visto, le aborrecía toda la tripulación, tanto
como quería a Dantés.


-¡Y bien!, señor Morrel -dijo Danglars-,
ya sabéis la desgracia, ¿no es cierto?


-Sí, sí, ¡pobre capitán Leclerc! Era
muy bueno y valeroso.


-Y buen marino sobre todo, encanecido
entre el cielo y el agua, como debe ser el hombre encargado
de los intereses de una casa tan respetable como la de
Morrel a hijos -respondió Danglars.


-Sin embargo -repuso
el naviero mirando a Dantés, que fondeaba en este instante-,
me parece que no se necesita ser marino viejo, como decís,
para ser ducho en el oficio. Y si no, ahí tenéis a nuestro
amigo Edmundo, que de tal modo conoce el suyo, que no ha de
menester lecciones de nadie.


-¡Oh!, sí -dijo Danglars dirigiéndole
una aviesa mirada en la que se reflejaba un odio
reconcentrado-; parece que este joven todo lo sabe. Apenas
murió el capitán, se apoderó del mando del buque sin
consultar a nadie, y aún nos hizo perder día y medio en la
isla de Elba en vez de proseguir rumbo a Marsella.


-Al tomar el mando del buque -repuso el
naviero- cumplió con su deber; en cuanto a perder día y
medio en la isla de Elba, obró mal, si es que no tuvo que
reparar alguna avería.


-Señor Morrel, el bergantín se hallaba
en excelente estado y aquella demora fue puro capricho,
deseos de bajar a tierra, no lo dudéis.


-Dantés -dijo el naviero encarándose
con el joven-, venid acá.

LA DAMA DE LAS CAMELIAS

La dama de las camelias (primera publicación en 1848) es una novela firmada por Alejandro Dumas (hijo). Esta obra está inspirada en un hecho real de la vida de Alejandro relativo a un romance con Marie Duplessis joven cortesana de París
que mantuvo distintas relaciones con grandes personajes de la vida
social. La novela pertenece al movimiento literario que se conocería
como Realismo, siendo de las primeras que formarían parte de la transición del romanticismo. La ópera La Traviata, del compositor italiano Giuseppe Verdi, se basó en esta novela.
La novela está ambientada en París, y otros lugares campiranos cercanos como Bougival. Podríamos ubicarla alrededor de 1840, durante la monarquía de Luis Felipe de Orleans.
La duración de la trama es de aproximadamente tres años, aunque sólo
durante un año existe acción. La obra comienza con los funerales de
Margarita Gautier, protagonista de la obra.

Los principales temas de la novela son: la prostitución reflejada en la vida de la protagonista Margarita Gautier, sus costumbres y amistades. Por otro lado encontramos la abnegación en diversos actos de la protagonista, sobre todo con respecto a su amor por Armando Duval.


También la obra critica los prejuicios sociales, que radican
en el rechazo social de aceptar a Margarita, principalmente se
representan en el padre de Armando Duval, quien le exige sacrificios.
Por último, encontramos en menor medida, los celos y la venganza en el personaje de Armando Duval.


Coexisten dos narradores en la novela, por una parte un Narrador editor quien conoce al narrador protagonista, Armando Duval. Está escrita en un lenguaje sencillo y estructurada en veintisiete capítulos sin títulos.

Primarios




La gran Eleonora Duse como Margherita Gautier, 1904.



  • Margarita Gautier (La Dama de las Camelias): Es la
    protagonista, enamorada de Armando Duval, sin familia, es una chica
    cortesana relacionada con muchos caballeros, entre los que destacan el
    Duque y el conde. Nació en el campo, pero abandonó a su familia para
    vivir en París, donde se destacaría por su vida licenciosa y sus grandes
    gastos, además de por siempre estar acompañada de un ramo de camelias;
    era una joven muy hermosa, pero bastante enfermiza. Aunque parece
    adolecer de superficialidad, con el avance de la obra se presenta como
    una mujer enamorada, sencilla y sobre todo abnegada. Se enamora de
    Armando Duval, primero condicionándole que le dejara vivir como le
    pareciera y portándose obediente ante sus mandatos, pero termina por
    abandonar todas sus costumbres licenciosas para vivir de forma estable
    con Armando Duval. Sin embargo, el padre de éste le rogaría que deje a
    su hijo, lo que constituiría su último sacrificio. Regresa a su vida
    licenciosa, simplemente para acelerar su penosa y solitaria muerte,
    causada por la tisis, que venía arrastrando desde hacía tiempo.
  • Armando Duval: Joven que se enamora de Margarita. Desde el
    primer encuentro la amó a escondidas, y fue el primero en preocuparse
    por la salud de la joven, gracias a lo que obtuvo su amor. Nunca
    aceptaría en su totalidad la condición de Margarita, aunque durante
    cierto período toleró vivir con el dinero de los otros amantes de la
    hermosa joven. Finalmente lograría que ella abandone su vida licenciosa,
    pero posteriormente al verse abandonado y sentirse traicionado,
    cortejaría a Olimpia, otra mujer de condición semejante, con el único
    objetivo de hacerle daño a su verdadero amor. Luego se enteraría que el
    “engaño” de Margarita era sólo otra prueba de su amor, lo que lo dejaría
    desolado.

Secundarios


  • Narrador: No es nombrado durante la novela. Comienza su
    actuación al acudir al remate de los bienes de Margarita Gautier,
    adquirió por bastante dinero un libro intitulado “Manon Lescault” del Abbé Prévost.
    Posteriormente Armando Duval intentaría comprarle el libro, y el
    narrador se lo regaló, lo que dio inicio a una gran amistad entre estos
    personajes.
  • Prudencia Duvernoy: Vecina y amiga de Margarita. Durante su
    juventud fue una cortesana, como la protagonista, luego se dedicó a
    vender ropa. Mantenía su amistad con Margarita por interés, puesto que
    cuando Margarita enfermó y debió mantener cama la abandonó.
  • Julia Duprat: Amiga de Margarita. Nunca la abandonó, llegando
    inclusive a escribirle cartas a Armando cuando su amiga se encontraba
    moribunda y después de su muerte.
  • Padre de Armando: Señor bastante conservador, vive en el
    campo, cuando se entera de los amores de su hijo intenta convencerlo de
    abandonar esas pasiones, al ver infructuosos sus tentativas, decide
    intentar con Margarita, la cual aceptaría renunciar a su amor.
  • Olimpia: Comparece al final de la obra. Es al parecer amiga
    de Margarita, sin embargo, Armando la utilizaría para darle celos a la
    misma.

ALFONSINA STORNI

ALFONSINA STORNI


(Sala
Capriasca, Suiza, 1892 - Mar del Plata, Argentina, 1938) Poetisa
argentina de origen suizo. A los cuatro años se trasladó con sus padres a
Argentina, y residió en Santa Fe, Rosario y Buenos Aires. Se graduó
como maestra, ejerció en la ciudad de Rosario y allí publicó poemas en Mundo Rosarino y Monos y Monadas.
Se trasladó luego a Buenos Aires y fue docente en el Teatro Infantil
Lavardén, en la Escuela Normal de Lenguas Vivas y en 1917 se la nombró
maestra directora del internado de Marcos Paz.

Alfonsina
Storni comenzó a frecuentar los círculos literarios y dictó
conferencias en Buenos Aires y Montevideo; colaboró en las revistas Caras y Caretas, Nosotros, Atlántida, La Nota y en el periódico La Nación. Compartió además la vida artística y cultural del grupo Anaconda con Horacio Quiroga y Enrique Amorín y obtuvo varios premios literarios.

En
la década de 1930 viajó a Europa y participó de las reuniones del grupo
Signos, donde asistían figuras importantes de las letras como Federico García Lorca y Ramón Gómez de la Serna. En 1938 participó en el homenaje que la Universidad de Montevideo brindó a las tres grandes poetas de América: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y ella misma. Ese año, el 25 de octubre, víctima de una enfermedad terminal, decidió suicidarse en Mar del Plata.

Madre
soltera, hecho que no era aceptable en su época, fue sin embargo la
primera mujer reconocida entre los mayores escritores de aquel tiempo.
Su trayectoria literaria evolucionó desde el Romanticismo hacia la
vanguardia y el intimismo sintomático del Modernismo crepuscular. El
rasgo más característico de su producción fue un feminismo combativo en
la línea que se observa en el poema Tú me quieres blanca, el cual se halla motivado por las relaciones problemáticas con el hombre, decisivas en la vida de la poetisa.

La obra poética de Alfonsina Storni se divide en dos
etapas: a la primera, caracterizada por la influencia de los románticos y
modernistas, corresponden La inquietud del rosal (1916), El dulce daño (1918), Irremediablemente (1919), Languidez (1920) y Ocre (1920).

La segunda etapa, caracterizada por una visión oscura, irónica y angustiosa, se manifiesta en Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938). Hizo también incursiones en la dramaturgia: en 1927 estrenó en el Teatro Cervantes El amo del mundo y en 1931 aparecieron Dos farsas pirotécnicas, que incluían Cimbellina en 1900 y pico y Polixena y la cocinerita. En 1950 se editó Teatro infantil,
pero varias de sus obras para niños permanecen inéditas. En 1936
colaboró en el IV centenario de la fundación de Buenos Aires con el
ensayo Desovillando la raíz porteña.

LAS RIMAS DE BECQUER

Gustavo Adolfo Bécquer fue también un gran narrador y periodista. Escribió veintiocho narraciones del género leyenda, muchas de ellas pertenecientes al género del relato gótico o de terror, otras, auténticos esbozos de poesía en prosa, y otras narraciones de aventuras. María Rosa Alonso encontró en ellas siete temas principales:

  • el oriental y exótico
  • la muerte y la vida de ultratumba
  • el embrujamiento y la hechicería
  • el tema religioso
  • las inspiradas en el Romancero
  • las de tendencia animista.

Bécquer demuestra ser un prosista a la altura de los mejores de su
siglo, pero es de superior inspiración e imaginación y un maestro
absoluto en el terreno de la prosa lírica. En sus descripciones se echa
de ver el profundo amor del poeta por la naturaleza y el paisaje
castellano. Escribió además las Cartas desde mi celda en el Monasterio de Veruela, a las faldas del Moncayo adonde fue a reponerse de su tuberculosis o tisis, enfermedad entonces mortal; sus cartas desbordan vitalidad y encanto. No se ha estudiado todavía su obra periodística.


Bécquer es, a la vez, el poeta que inaugura —junto a Rosalía de Castro— la lírica moderna española y el que acierta a conectarnos de nuevo con la poesía tradicional. Las Rimas
se encuadran dentro de dos corrientes heredadas del Romanticismo: la
revalorización de la poesía popular (que la lírica culta había
abandonado en el siglo XVIII) y la llamada «estética del sentimiento».
El ideal poético de Bécquer es el desarrollar una lírica intimista,
expresada con sinceridad, sencillez de forma y facilidad de estilo.
Bécquer y sus Rimas son el umbral de la lírica en español del siglo XX. Rubén Darío, Miguel de Unamuno, los hermanos Antonio y Manuel Machado, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y otros lo han considerado como figura fundacional, descubridora de nuevos mundos para la sensibilidad y la forma expresiva.

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